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Una mañana yo, la doctora Marta, y el doctor Riten entramos al cuarto de Santiago, un nene de 7 años que estaba con su papá y al que ya habíamos visitado otras veces. Comenzamos a jugar con él y su muñeco, mientras Santiago inventaba historias acerca de ellos juntos.
En un momento, sigilosamente, me acerqué al baño como para descubrir alguno de los millones de mundos posibles que hacemos ocurrir a veces allí dentro. Fue entonces cuando Santiago me frenó y me dijo: “¡Cuidado, allí adentro hay un tigre!, y comenzó a hacer el rugido feroz.
Con Riten cada vez nos asustábamos más y el rugido del tigre era más y más fuerte, así como también nuestras reacciones. Santiago reía a carcajadas, se paraba en su cama, abría bien grande los ojos y se convertía en el tigre que él mismo había creado.
Una vez terminado el juego nos miramos con Riten y le dijimos: ”Bueno, nosotros nos vamos a ir porque ya no podemos más del miedo...”. Entonces él volvió a abrir enormes sus ojos, hizo una pausa y nos dijo:”¡Pero... el que rugía era yo!”. |
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Ese día estábamos en la sala de espera Violeta junto al resto de los clowns, disputando entre nosotros qué canción cantar. La Dra. Stacatta proponía una canción y yo otra y entonces, como no llegamos a un acuerdo, le ofrecimos al público que tomara partido en la decisión mediante el voto a mano alzada. Ante el primer pedido de votación por mi propuesta sólo una joven llamada Mariana levantó su mano. Impulsivamente y al mismo tiempo intuyendo que un lindo momento llegaba, me acerqué a ella, la tomé de su hombro como si nos conociéramos de toda la vida, y anuncié públicamente el surgimiento de un dúo musical.
Para empezar la función le sugerí el primer tema, con letra y música improvisadas y con movimientos coreográficos que no eran más que giros caprichosos de cabeza, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Mariana seguía y mejoraba mis propuestas riendo a carcajadas y toda la sala disfrutaba de lo delirante del ritmo y de la canción que repetía: “Somos un dúo fantástico, fantástico; somos un dúo fantástico, fantástico”. El Dr. Riten, mi compañero, era el juez del concurso que calificaba nuestra participación y nos obligaba a incorporar nuevos movimientos (que a la vez de complicarnos hacían aún más divertida la escena).
Pero esa no había sido una historia más de trabajo en el hospital. Sin duda la experiencia tuvo un color diferente cuando, en plena coreografía, advertí que Mariana estaba sostenida por dos bastones canadienses, de esos que se enganchan en las muñecas y ayudan al andar (alguna dificultad en sus piernas hacía que necesitara un sostén extra).
Finalmente dejamos la sala con una gran alegría, emocionados y conmovidos por cómo Mariana había estado tan dispuesta a jugar, participar y reir como cualquier otro niño. Cuando terminó aquel día sentí, una vez más, lo gratificante que es nuestra tarea. |
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| Pequeña gran transformación |
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Al entrar a una habitación de una Sala de Internación del hospital Garrahan tanto yo, el Dr. Riten, como mi acompañante, la Dra. Carlota, notamos que nos miraban con bastante reticencia. Insistimos porquen no terminaban de negarse a que entremos. Pasamos, preguntamos si podíamos entrar y la mamá nos contestó: “Si no hacen mucha bulla…”. En seguida nos tomamos ese comentario en broma y comenzamos a repetirlo una y otra vez. Al principio no recibíamos ningún signo de aceptación a nuestras propuestas sin embargo ellos, la mamá, el papá y el hijo adolescente que estaba sentado en la cama comiendo, seguían observándonos. Seguimos probando e improvisando hasta que en un momento el chico sonrió. No me pregunten qué hicimos porque aunque intento hurgar en todo lo que intentamos, no consigo recordarlo. Lo importante es que su sonrisa, entre bocado y bocado de la milanesa, duró un segundo. Fue como en esos juegos en los que tratamos de estar serios y no reírnos. Cuando se nos escapa una sonrisa e intentamos rápidamente recuperar nuestro semblante original. El efecto es muy llamativo.
Si durante ese segundo que duró la sonrisa hubiera estado mirando hacia el pasillo o a mi compañera, o sacando algún objeto de la valija, me la hubiera perdido. Y por su rostro nuevamente serio jamás hubiera sospechado que el chico se había sonreído. Sin embargo, a pesar de la velocidad, la madre captó esa sonrisa y giró bruscamente la cabeza para verla. Después siguió en lo que estaba haciendo y mirando de reojo lo que nosotros hacíamos.
La sonrisa veloz e intermitente se repitió una o dos veces más. El clima ya no era el mismo y la madre se permitió comentarnos, aunque casi sin mirarnos: “Lograron que se ría”. ¿Qué curioso, no? Yo recibí ese comentario como un agradecimiento. En mi imaginario estábamos frente a un chico que no estaba pasando bien su internación, y a una familia que tampoco la pasaba bien y que como acompañantes adultos tenían dificultades para correrse (y ayudar a su hijo a correrse) de ese lugar de solemne sufrimiento. De hecho costó superar la dura barrera que la madre había impuesto para el ingreso a la habitación. Sin embargo, con la media sonrisa que acompañó su último comentario, tuvimos un indicio de que algo se había transformado. |
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| Siempre hay una oportunidad más para jugar |
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Ese día nos tocaba visitar la sala de internación en la que estaba Diego, un niño de unos 3 o 4 años al que conocíamos desde hacía unos 15 días. Usualmente cada vez que yo, el Dr. Riten, aparecía por la sala él se escondía o le pedía a su mamá que me fuera. Sin embargo esta última visita fue diferente…
Ese día Diego se había preparado para nosotros: tenía puesta una nariz de payaso, se hacía llamar Pepón y esperaba ansioso en la puerta de la habitación. Mientras yo entraba por el pasillo una enfermera me adelantó lo predecible. Al entrar en el cuarto el niño le repetía: “El payaso de barba no”. Sin embargo, si bien se negaba a verme, Diego no desaparecía por completo como lo hacía otras veces. Se dejaba ver entre las piernas de su mamá, desde donde él también podía observar lo que sucedía. En ese contexto en que las enfermeras, la madre y él mismo manifestaban su negativa de verme, me permití mirarlo en su escondite a medias y lo que recibí fue que él también me estaba mirando. Así fue que, muy despacio y con la complicidad de mis compañeros que me pedían de todas formas que me fuera, me fui acercando hacia la ronda que se había formado entre Diego, su mamá, algunas enfermeras y los payasos que lo protegían.
“¿Para qué me acerco?”, me preguntaba en ese momento. Y ahora sé, que me acerqué para irme: llegué hasta donde estaba el tumulto con la tensión generada por la sigilosidad de mis pasos y simplemente anuncié que me iba. Saludé y con un giro brusco me fui. A la despedida le siguió un silencio. Todos se quedaron observando la reacción de Diego. Él me sacó la mirada, la abrió hacia su público y, en forma explosiva, desató una carcajada. Sonó fuertísimo y como eco la sucedieron las risas de todos los que estaban allí mirando.
Desde ese día esa fue nuestra rutina: el juego de despedirme y la carcajada explosiva de Diego. En fin. Nunca se sabe. Siempre hay una oportunidad más para jugar. Él solo quería que yo me fuera y, entonces, el juego se trató exactamente de eso: llegar para despedirme y transformar así su miedo en una carcajada. |
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Como todos los martes el Dr Riten, la Dra Stacatta y yo entramos en una de las habitaciones del Cim (Cuidados Intensivos y Moderados) 32, esta vez sin saber que allí nos esperaba Manuel y su familia.
Acompañados por la música que proponía la Dra Stacatta comenzamos a cantar canciones que Manuel y sus papás nos pedían, una tras otra. Y, cuando terminamos el primer tema de esa mañana musical, recibimos un regalo sorpresa.
El papá de Manuel pidíó la guitarra a Stacatta, consultó a su familia que canción cantar y a la cuenta de tres comenzó un recital especialmente para nosotros. Cantó zamba, chamamé, canciones melódicas y cuando terminó nos dijo: “Es mi forma de agradecerles el trabajo que hacen y la alegría que nos brindan cada día”.
Finalmente para terminar esa mañana tan especial nos despedimos con un coro donde todos interpretamos Zamba de mi Esperanza todos juntos. Otra vez nos fuimos creyendo que algo nuevo había ocurrido esa mañana. |
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| Otra... historia de hospital |
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Comenzábamos nuestra visita numero tres al CIM 32 y Juan una vez mas se asomaba desde la puerta de su habitación, ignorando el llamado de atención de la Enfermera y solo accediendo a entrar ante la promesa de su padre de que pronto pasaríamos por su cuarto. El Dr. Riten y yo, como cada Martes en esa Sala de internación, entrábamos a cada cuarto, cama por cama regalando canciones, organizando casamientos, contando cuentos de pulgas aventureras, enseñando a bailar el tango dentro de una baldosa y otras muchas dificilísimas actividades cuando le llegó el turno a la habitación de Juan, que nos llamaba feliz desde su cama, mientras su papá sostenía el suero para permitirle incorporarse: ...”Dra. Carlota. Dr. Riten, vengan, vengan!!!”...decía el llamado eufórico del niño. Me senté junto a su cama como los Martes anteriores, le cantamos la canción del Viento, su preferida, buscamos al Dr. Riten quien intentaba esconderse inútilmente tras una cucharita o detrás de la cortina de la habitación, le contamos el cuento de la pulga aventurera, y posamos para las fotos que su papá nos sacaba permanentemente. Luego nos despedimos hasta la próxima semana y para nuestra sorpresa Juan nos corrige: ...”No!, Hasta mañana que los veo en la tele!!”. Con cara de asombro miramos a su Papá quien entonces nos cuenta que cada martes él nos filma y saca fotos con el teléfono celular, luego las edita y graba en un CD, disfrutándolo junto a su hijo toda vez que se lo pide, haciendo un poco mas divertidos los calurosos días de su prolongada internación. |
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| Nuestra primer historia de hospital |
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Esta fue una de nuestras primeras historias, que se dio al dar nuestros primeros en el Garrahan...
Malena estaba terminando de comer junto a su mamá. Su papá sentado a un costado conversaba con ellas.
Después de despedirnos de las camas del otro lado de la habitación, interrumpimos el final de su almuerzo trayendo nuestros disparates.
Stacatta comenzó a tocar la guitarra , Carlota cantó muy contenta “Manuelita” mientras Marta hacia de la famosa tortuga, mostrándole a Malena . Ella sentada en su cama reía y se tiraba para atrás como diciendo ¡que locas!!
Cuando la canción nombró al tortugo, entró Jesico en escena. Junto con Marta representaron la historia de amor.
Luego nos despedimos de Malena y sus padres. Ella se incorporó, bajó de la cama y nos siguió hacia otras habitaciones. Comenzó a interactuar con Jesico diciéndole que tenía cara de tomate y pelos de peluca.
Más tarde ya terminando nuestro trabajo por la sala de internación, el padre de Malena se nos acercó muy emocionado y nos dijo:
Les estoy muy agradecido, es el primer día de los cinco que llevamos acá que mi hija se ríe, se expresa, juega...
Emocionados también nosotros, le dimos un abrazo y nos fuimos sabiendo que ese día algo empezaba a cambiar para todos… |
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