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Por suerte la habitación tenía dos puertas (dos entradas, también dos salidas). Por una no pudimos entrar (eso no fue un impedimento) así que fuimos por la otra. Entramos de manera muy delicada (la jornada asomaba como delicada, frágil, sensible) porque al lado estaba una queridísima personita que ya conocíamos. Se la veía con muy poquitas ganas. Así fue como la Dra. Nivea Pons preguntó (muy delicadamente) ¿puedo dormir un ratito… acá?, señalando justo al lado de la cama y al lado de la mamá (o sea, bien metidita en medio de las dos). Hubo un instante de suspenso (sólo un cachín) ¡Sí!, dijeron. Entonces empezamos a buscar un piyamita para la Dra. Nivea Pons. En un costado había un ropero (esos de pared). Abrí (siempre con el debido permiso) y lo encontré vacío. Pero vimos (gracias al hermoso milagro que conjuntamente hacen y abren la imaginación y el juego) un precioso piyamita de dos piezas, todo dobladito y bien parejito. ¡Hasta un gorrito tenía! (esos que vienen con pompón). Era (increíblemente) del talle de la Dra. Nivea Pons. Entonces empezó a ponérselo. La ayudé con la parte de arriba (con los botones), la ayudé con la parte de abajo (con el nudito), la ayudé con la parte de arriba de la cabeza (con el pompón) y la ayudé con la parte de abajo de los pies (con las pantuflas, sí, hasta pantuflas tenía). Ahí, bien paradita, luciendo y disfrutando con su hermosa sonrisa (más linda que la del miércoles, sí, porque esto sucedió un jueves), la Dra. Nivea Pons se durmió una pequeña siestita de 20 segundos (los conté). Quedamos todos felices con la sorpresa. Sobre todo ella (claro, ¿cómo va a acostarse a dormir sin piyama, no?).

Dr. Preparado (Leo Quiroz)
Hospital Posadas


    6 de diciembre , 2017

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