poder

Cada vez que comienza un nuevo año de trabajo me doy cuenta de lo valiosa que es nuestra participación en los ámbitos hospitalarios, tanto en las salas de espera como en las habitaciones.

Cuando acompaño a los grupos de artistas en las salas de espera, percibo cómo los payasos dejan una estela en la transformación de los niños que, al verlos, modifican su mirada sobre ese ámbito.

El payaso entra y es como un ángel o una acción revolucionaria en un lugar donde hay mucho dolor y mucha espera -sin dudas no es el sitio más agradable para visitar-. Los payasos generan de pronto una sorpresa y un cambio en la atmósfera del lugar.

Un niño que estaba serio, esperando, tal vez desde muchas horas antes mirando una tele, se transforma. Ese cambio se percibe en la sonrisa, en la curiosidad, en la inquietud al moverse de un lugar donde estaba sentado para trasladarse a otro siguiendo como en un tren casi espontáneo a los payasos.

Esta situación se genera en un ámbito donde estaban todos sentados con una cara más seria, que se convierte en un ámbito de circo, de teatro circular. Los chicos se van incorporando a las escenas, se involucran.

Por ejemplo, hace unos días en el Hospital de Niños Pedro Elizalde (ex Casa Cuna) sentí cómo se iba llenando de sonidos el espacio al atravesarlo con música y cómo los niños se iban acercando a escuchar las canciones y hasta a bailar. Espontáneamente se armó una pista donde los niños eran los bailarines. Hacía unos instantes estaban sentados tal vez jugando con un aparato electrónico, o aburridos, o dormidos. Y vi cómo los chicos iban despertando la imaginación, pasando de estar pasivos a activos.

Por su parte, en las salas de internación es muchísima la transformación que se produce. Me impacta el poder que tiene el payaso para transformar.

Un niño que está en una cama con algún dolor o con alguna situación puntual puede en ese momento tal vez olvidarse o transformar la posibilidad de estar pasivo, en una cama solito, a generar un espacio donde el payaso lo invita a volver a jugar y, desde ese lugar más pasivo, en soledad, poder ser parte de buscar un tesoro, poder hasta rechazar a los payasos o no dejarlos pasar, sintiendo que ellos tienen el poder en ese momento.

Al comenzar las visitas a los hospitales este año me dio mucha alegría sentir que éramos esperados, el buen recibimiento de los médicos y las enfermeras, con una aceptación mucho más fluida después de tantos años de trabajo.

Al salir de los hospitales me queda la satisfacción y la alegría de confirmar que este trabajo tiene un gran poder de transformar, de compartir el amor más profundo y de sentir que nuestra tarea de llevar alegría a los niños hospitalizados y sus familias es posible.

El trabajo en equipo crea lazos muy hondos. Uno siente también la gran fraternidad y el amor en el equipo de trabajo.

Es una sensación difícil de explicar con palabras pero tiene mucho que ver con la plenitud, con haber sentido que una misión fue cumplida y que fuimos parte de algo que realmente es mágico porque es algo que nos trasciende. Nosotros sólo somos un instrumento que usamos la técnica del clown y del arte, de la música, como vehículo, pero lo que se produce ahí es mágico y es muy poderoso.

Finalmente, al visitar los hospitales me queda una sensación de mucha sensibilidad y fuerza al mismo tiempo. Hay un poder y una fragilidad en los ambientes hospitalarios y a la vez existe esa fuerza y ese poder que se produce en el intercambio del payaso que vuelve a dar alegría, esperanza, juego, imaginación, transformación. Todo eso me llena, me hace sentir agradecimiento y me da muchas ganas de seguir creciendo.

Esta tarea es una llama encendida que se va compartiendo con nuevos payasos y que se va expandiendo. Al ser ahora directora artística, sentir que puedo transmitir esto a otros payasos y a otros artistas que se van incorporando me llena aún más de alegría. Es pura alegría intensiva.
Silvina Sznajder, directora artística de Alegría Intensiva


    26 de mayo , 2015