payasos

Los payasos de Alegría Intensiva nos reunimos una vez por mes junto con los directores y el asesor psicológico. En esos encuentros nos detenemos, sin la nariz, para compartir las experiencias vividas y reflexionar sobre nuestro trabajo en los hospitales. Durante esas reuniones también entrenamos, con la nariz, a partir de actividades escénicas y musicales que coordinan Irene Sexer y Silvina Sznajder, las directoras artísticas de la ONG.

En uno de los últimos encuentros hablamos de nuestras particularidades: qué cosas nos gustan de nosotros y qué cosas no. Lo hicimos payaseando y cantando, por supuesto, pero bien sabemos los artistas que trabajamos con la manchita roja en la cara que nuestro payaso es el que más sabe de nosotros mismos. Porque el payaso no esconde ni miente. Es un cerrajero que tiene la llave imaginaria de nuestras ideas, nuestras emociones, y sabe abrir con facilidad la puerta que permite ver lo que tenemos dentro, lo que nos hace artistas, o antes que eso humanos.

A veces nuestro payaso exagera o juega demasiado con nosotros mismos, pero casi siempre la pequeñez de la nariz se transforma en el planeta diminuto habitado por nuestras verdades más profundas. Así aparecen rasgos personales que nos agradan, aquellas particularidades que nos muestran atractivos para los demás, y al mismo tiempo sale a la luz la otra cara de la moneda, el lado oscuro de la luna que habla de temores, inseguridades, dudas, enojos, caprichos, malhumores, y tantas otras cosas que nos hacen personas.

Nos sorprendemos y nos reímos. Conocemos un poco más a nuestros compañeros payasos. Encontramos colores en común con ellos y otros que nos hacen notablemente diferentes, pero sin dejar de estar todos en la misma vía, en la misma vida. Y de esa manera, conociendo más a los otros y conociéndonos más a nosotros mismos, nos vamos haciendo especialistas en entrar y salir de nuestras luces y sombras, y también de ir y venir de las luces y las sombras de los demás.

Por eso, cada vez que recorremos las habitaciones de los hospitales y cada vez que con la nariz, la música, el juego y sobre todo la mirada, logramos entrar en los mundos de los niños internados, sabemos muy bien de antemano que nos vamos a encontrar con sus historias, con sus sueños, con sus habilidades, con su imaginación, con sus alegrías, y al mismo tiempo vamos a acceder a sus malestares, sus preguntas, sus broncas, sus dolores, sus miedos.

Y nada de eso nos acobarda. Porque ya nos conocemos. Porque lo que vemos en los niños ya lo vimos en nosotros mismos. Porque somos payasos.


    11 de mayo , 2015