tiempo

Era jueves y como todos los jueves mis compañeros, la Dra. Estela y el Dr. Sencillo, y yo, la Dra. Perla, nos preparábamos presurosos a empezar a jugar en el hospital de Malvinas Argentinas. Como cada jueves, abrimos la puerta de la inmensa sala de espera.

Así fue que llegamos a un banco donde había varias familias: una niña de casi tres años tomando un jugo junto a su mamá y varios niños más. Mientras jugábamos con los allí presentes, empecé a ver que la pequeña niña, que no sonreía, nos miraba. De repente, desde donde estaba sentada en silencio y sin sonreír, bajó un piecito, luego el otro, y comenzó a alejarse del banco. Sin dudarlo un segundo, lanzó su cuerpito y vino hacia mí. Al verla acercarse me puse en cuclillas para quedar a su altura. Sentí que dio dos pasos desde su banco y me abrazó fuerte por el cuello poniendo su cara junto a la mía en silencio. Nos miramos con mis compañeros sorprendidos y con emoción. Fue un abrazo sin tiempo, lleno de ternura para todos los allí presentes. Cuando sintió que ya había concluido, volvió con su mamá.

Seguimos jugando por la sala de espera y, al volver para retirarnos, nuevamente una hermosa niña nos miró, abrió los brazos y vino directamente a nosotros. Nos abrazó largo y tendido a cada uno. La sala miró la escena con ojos emocionados.

Luego, al entrar a la Sala Rosa de Pediatría y comenzar a trabajar improvisando camita por camita, un pequeño se asomó desde atrás de la pata de una cama sonriendo. Me miró, lo miré y otra vez, desde un imán imaginario, comenzó a acercar primero una piernita, después otra y, suavemente pero con convicción, vino a abrazarme imantado. Este pequeño reía fuerte cada vez que me abrazaba. Nos quedamos los dos mirándonos, yo apoyada en mis rodillas.

En este tiempo de los abrazos me fui pensando:  ¿qué sucedió ese día…?

Ayer fue nuevamente jueves. Otra vez en la sala de espera, mientras el Dr. Sencillo, pícaro, pedía abrazos a la gente y mientras la Dra. Estela y yo lo retábamos un poquito por ser pedigüeño y veíamos, asombradas, cómo conseguía sus abrazos, le pregunté a la Dra. Estela jugando: “¿cómo hará?; a mí me da vergüenza; yo no puedo”. Y de repente y de la nada sentí un abrazo fuerte de un pequeño cuerpo de un niño de ocho años que se quedó aferrado a mí, regalando así el abrazo que yo no pedía. Su madre miraba emocionada. También a ella la había sorprendido. Fue conmovedor.

¿Cuál es la magia que está en los abrazos?, ¿qué distancias se acortan?, ¿qué se dice al abrazar?, me pregunté.

Cuando un niño toma esa decisión y viene con su pequeño cuerpo a abrazar, algo se produce, algo intenta decir. Uno simplemente debe hacer lugar. La distancia entonces es sólo de corazón a corazón y hay un latir que une. En un abrazo se puede decir gracias. En un abrazo se pueden decir tantas cosas.

Desde un abrazo nos vemos cercanos y a veces desde un abrazo también se transforma el alma.

 

Dra. Perla (Romina Amato)


    26 de mayo , 2015