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Terminando el día de hospital, ya volviendo a nuestras casas, Ariel (Kotlar), la Doctora Stacatta y yo, la Doctora Marta, nos cruzamos al papa de Juan sentado en un banco.

Juan era un niño al que habíamos visitado en su sala de internación durante semanas. Habíamos jugado al ajedrez, cantado y le habíamos enseñado a tocar la guitarra.

Ni bien vimos al papá fuimos a saludarlo. Nos contó que estaba tomando un poco de aire y de sol, que su hijo Juan “había dejado de existir” hacia tres semanas, que él estaba muy mal y que andaba por allí visitando a unos amigos que se había hecho en ese tiempo de internación.

Inmediatamente sonrió y nos dijo: “Ahora me quiero comprar una guitarra, para aprender a tocar. Porque yo a Juan le enseñé eso, a ir por la vida con alegría”.

Nosotros cargábamos una guitarra. Nos pidió algunas indicaciones. Le dijimos que si aprendía, un día podía venir a tocar con nosotros. Nos despedimos. Los tres estábamos afectados por la fortaleza de ese padre y sus ganas de seguir viviendo. Después de caminar unos cuantos pasos, la Doctora Stacatta dijo: “Le hubiera regalado la guitarra”. Nos miramos y los tres coincidimos: “Volvamos y se la regalamos”. Nos acercamos y le dimos nuestro regalo. Él lo acepto agradecidísimo y feliz. Le dijimos que ahora más que nunca, debía aprender a tocar. Nos pidió nuestros teléfonos para contarnos cómo iban progresando sus estudios y nos despedimos mucho mejor de lo que nos habíamos ido antes.

Estas y tantas otras historias son las que hacen único y particular nuestro trabajo, las que te enseñan a dar.

Entre todos repusimos la guitarra para poder seguir llevando más música y alegría a los hospitales.

 


    11 de febrero , 2015